lunes, octubre 09, 2006

Capítulo IX. Nutella y agua para todos

Flo, Italo from Italy y yo

La noche al bajar de un avión en lugar desconocido. El sabor del aire al salir del aeropuerto. La desorientación que produce el asfalto. La búsqueda del idioma adecuado. Placeres cuando viajas por placer.

Adoro sentirme perdida al llegar.

Flo y yo, en contra de toda recomendación, nos embarcamos en el que sería nuestro primer viaje a Italia. Nadie daba un duro por nosotras. La apuesta es que nos acabaríamos matando y tampoco es que las tuviésemos todas con nosotras. La ruta era Pisa, Livorno, Golfo Aranci, Olbia y La isla de
la Maddalena. La vuelta nos llevaría hasta Florencia para de nuevo llegar a casa, Bruselas.

Pisamos Pisa, dormimos en
Livorno, probamos la pizza en Italia y descubrimos el pago aparte del cubierto. De madrugada nos levantamos, le robamos sin maldad el taxi a una familia numerosa y nos subimos a un ferry que tardaría seis horas en llegar a Cerdeña. Y, de pronto, allí estábamos Flo, esperando ver a su amiga Silvia, y yo, sin saber muy bien con lo que me iba a encontrar.

Golfo Aranci es una mezcla entre Javea e Ibiza. A rebosar de niños y niñas pijos, ciudadanos de asfalto (mayoría milanesa), salidas en velero, cócteles en la playa y discotecas lejanas y sanguinarias. Allí descubrí que el mito de la gula del italiano no es falso y que íbamos a tener que sufrir mucho si queríamos comportarnos como buenos y agradecidos huéspedes. A esto le llamaremos el terror al
Antipasti.

Olvidadas, ninguneadas por no entender de qué iba el ritual de Bacco, averiguar qué íbamos a cenar cada noche se convirtió en un suplicio infructuoso. Los Antipasti, que inocentemente consideramos iban a ser unos breves entrantes, se convertían en montañas de carnes y pescados, verduras y marisco. Llegado el momento de empezar con el primer plato, Flo y yo estábamos deseando ser bulímicas y, OH, imposible pensar en decir que no a la comida porque la ofensa nos podía costar el cuello y el alojamiento.

Flo se aficionó a la Pasta con cozze e vongole (mejillones y almejas) y yo me dediqué a comer todo el pescado y el marisco que me obligaban a tragar con una gran sonrisa. Sin embargo, el rey victorioso fue el licor de mirto. Amigo inseparable de las noches de desconcierto multicultural, que las hubo. Como si de un
Obélix sardo se tratase, luchábamos contra una vorágine de juicios preconcebidos sobre las diferencias entre Italia y el resto del mundo.

Nos fuimos poniendo morenas y con ello aumentó nuestra capacidad de ver el vaso siempre medio lleno. Tanto, que tras pagar 40 euros por barba y por cena, seguíamos pensando que no sólo el vaso lo estaba sino también nuestro bolsillo. Y así vivimos nuestro último día en Golfo Aranci, en un delirio de compras de mercadillo. Somos muy monas y nos queda todo muy bien.

Salimos del este en autobús dirección norte y cogimos un brevísimo ferry a la isla rosa, donde me esperaba Italo from Italy, antiguo compañero de Erasmus. Italo tiene parte de sus raíces en ese escueto y bellísimo archipiélago llamado De la Maddalena. Si se me permite ser sincera, en este momento del viaje es cuando YO entré en Italia y conocí a los italianos. Hasta ese instante podrían haberme jurado que estaba en Place de Luxembourg si no hubiese sido por el sol y la arena.

Las islas de Maddalena y Caprera, las calas de La Brigantina, La Trinità y El Relito son paraísos terrenales y cercanos. La vida fluye intemporal y nuestra existencia se convierte en un granito de arena. Cosmos.

Mi estancia en la Maddalena fue relajación, conexión automática con la gente, diversión, risas, complicidad, peleas en la arena, búsqueda de la cala perfecta, nutella by the face en El Relito, rescate de agua potable en La Brigantina, Rave en la playa, el bar Milano y, en definitiva, Italia y los italianos. Nos sentimos como en casa. De hecho, nos dejaron un apartamento sólo para nosotras. Y nos sentimos libres. Gracias a todos los que nos acompañaron esos tres días y gracias sobre todo a Italo.

Isla Caprera al atardecer

Con pena y muchas fotos en la cámara nos despedimos hasta el año que viene. Y empezó el calvario. Debíamos salir a las 12 de la mañana de la isla en ferry, coger un autobús a Olbia, otro a Golfo Aranci, un ferry a Livorno, taxi a la estación y tren a Pisa para llegar al hotel a las 3.30 de la madrugada. En vez de eso, la agencia nos dio un horario incorrecto, esperamos el autobús 3 horas y llamamos a Silvia para que nos llevase en coche de Golfo Aranci a Olbia, todo esto con pánico a perder el ferry a la península. Nos lo tomamos con filosofía, incluso a risa, y más aun cuando al llegar al puerto tuvimos que esperar hora y media y nos comunicaron que el viento había levantado temporal y el ferry, en lugar de llevarnos a Livorno, nos iba a desembarcar en Piombino, a 70 km de nuestro destino. Al final, algo debía tener de bueno el transporte en Italia y un tren nos dejó en Pisa a las 6 de la madrugada.

Capítulo aparte merece el periplo que sufrimos las dos a la llegada a Livorno. Si nuestra idea era coger un taxi hasta la estación, el destino nos deparaba una mayor sorpresa aun. ¡Inocentes! O mejor aún, ¡ilusas!

Livorno recibe un ferry con miles de personas cada hora y media más o menos. Estos datos harían pensar a cualquiera que el puerto y sus trabajadores están acostumbrados a la llegada de turistas despistados y a ofrecer un servicio de transporte puerto-ciudad. ¡MAL! A las 2.45 de la madrugada lo único que se veía pasar por allí era a los colgados de la discoteca que ahora alberga la antigua Fortaleza del puerto de Livorno. Preguntar a los funcionarios de aduanas o encontrar una cabina que efectivamente conservase dentro el teléfono era inútil. Resumen. Tres compañías de taxi, tres servicios de contestador y UN SOLO TAXISTA, Giovanni, para toda una ciudad durante horario nocturno. Nos quedamos sin palabras.

Y bueno. La torre de Pisa, de la que no albergábamos grandes expectativas, nos cautivó por lo tierno del enclave y la postal. Y porque, coño, ¡que se cae de verdad! Y Florencia es volver a un pasado jamás vivido, un museo al aire libre. Maravillas.

Italia, italianos. Volveré, y volveré a ver al David de Miguel Ángel para que me vuelva a hacer llorar con su belleza.

¡Dai!