martes, abril 11, 2006

Capítulo III. Decisiones

El Loft convertido en fumadero

Reconocerse a uno mismo que las cosas no han salido como uno esperaba o las había imaginado es chungo, por muy pesimista que fuese el planteamiento inicial (pragmatismo de base a lo Buchó). No estoy diciendo que las cosas no me hayan ido bien ni que me arrepienta de nada. Sin embargo, mi presente me toca la moral y la frustración invade mis instintos cuando pienso en mi futuro. Aunque me niegue a aceptar esto como un fracaso.

Crisis. Esa es la palabra que mejor define mi estado anímico de las últimas semanas. Tras un extenso estudio de campo, he llegado a la conclusión de que el mío no es un caso aislado, lo que me lleva a plantearme si deriva lógicamente de la etapa de la vida que estoy viviendo (edad predominantemente crítica y traumática si no eres
Sergey Brin ni Larry Page) o si es simplemente fruto de una crisis generacional. Por favor, no penséis que estoy echando balones fuera. Pero mirad alrededor y miraos. ¿Cuántas reproducciones exactas conocéis?

En mi círculo actual, jóvenes profesionales de entre 25 y 35 años, parece que se ha extendido este extraño virus. Lo más difícil es concienciarse de que uno está enfermo y de la necesidad de automedicarse YA!. En mi caso, llevo posponiendo el problema al menos dos años y ahora, aunque aun no divise la curación en el horizonte, he decidido tratarme. No está siendo nada fácil empezar a participar en mi vida. Pasar de la zona de butacas al escenario no es moco de pavo. El director de la obra todavía cree que no estoy preparada. Pero todo es ponerse.

Debatiendo todo este rollo internamente pasé la primera semana de mi vigésimo noveno año en la tierra. Los 28 los llevaba bien y organizar la fiesta de cumpleaños me mantenía entretenida. Pero se me estaban quitando las ganas, poco a poco, porque en realidad no encontraba nada que fuese digno de celebrar.

No, en serio. Sin intención de taladraros. Recientemente me había tocado recomponer mi vida. Seguía en un país que me gusta pero en una
ciudad que detesto si me la planteo como morada a largo plazo. Y mi trabajo, bueno esa es otra. Mi trabajo no me llena. Y se opone radicalmente a los principios por los que decidí dedicarme a esto en la vida. Hay que pensar que me planteé un futuro entre la Madre Teresa de Calcuta, Arturo Pérez-Reverte y John Winston Lennon. No vale reirse… Hay quien prefiere parecerse a Jesús Mariñas y yo lo respeto.

La cuestión es que empecé a divagar en voz alta con los coleguillas más cercanos. Y, lo dicho, es un sentir generalizado. Unos retrasan la decisión al verano, otros se han puesto fecha (mes o incluso año), pero todos en general se plantean su salida de
Bélgica como una vuelta a España. Yo ni siquiera sabía si quería volverme a Arkansas a golpe de taconazo. Me expatrié aquí por razones obvias, pero mi plan original (eso quiere decir sin saber que existiría un Fred-Fran) siempre había incluido una larga temporada en el exilio.

Mis conversaciones de piti y birra con Iñigo dieron su fruto. Primero habría que saber a qué quería dedicar el sudor de mi frente y, después, descubrir en qué parte del
mapa caía eso. Entre tanto, Klodet se dejó caer por aquí acarreando su crisis particular. Joder, una visita relámpago pero ya era hora de que uno de mis colegas se dignase a darse un meneo por el país de los mejillones y las patatas fritas. Único problema: la fiesta era la noche del viernes y él llegaba a mediodía el sábado. Pero como le dije, “ya dormiremos cuando estemos muertos”.

Me sentía mejor. Parecía que era dueña de mi propia vida cuando llegó el viernes de la fiesta. Aquello fue un desfase. Mi casa parecía un fumadero, pillé a una pareja haciéndoselo en la cama de Iñigo y los puse a todos del revés con el CAP (cóctel asesino donde los haya). Al día siguiente solo quedaban despojos de lo que habían sido una vez mis amigos. Y en este estado me fui a recoger a Clodo al aeropuerto. El pobre, aunque creo que no sufrió, no tuvo la oportunidad de disfrutar mucho del ambiente festivo que reina en Bruselas porque no quedo un solo colega que, en su sano juicio, quisiese salir el sábado por la noche. De todas formas, y como era de esperar, Klodet venía más del rollo turista, así que nos fuimos a visitar la que fue mi ciudad durante un año, la bella
Gante, y a hacer un viaje en el tiempo a Brujas, la ciudad museo.
Regalitos

Poco a poco, parecía que me iba creyendo eso de que había tomado una decisión. En esas, empezaron a darme nuevas responsabilidades en el curro. Esto empezaba a ser un sin vivir. Pero, me iba de VACACIONES!!! A Valencia. Y prometía. Ver antiguos amigos, recibir visita en Fallas, comer fideuà y paella, estar con la family… Y la verdad, estuvo bien. Pero el que mucho abarca... Siempre quedaban cosas por hacer o gente a la que ver. Y sin embargo, pasó algo.

Por la mañana, antes de ir al aeropuerto, me di cuenta de que tal vez era verdad que hoy, ahora mismo, en esta situación, era más feliz cuando estaba en España. Me molestaba reconocerlo. Me hacía sentir vulgar: Spain is different. Y, sin embargo, recordé que lo que más daño me hacía antes, cuando no estaba egoístamente imbuida en mí misma, era no estar presente en los que espero no sean los últimos años de quien me recogía del cole con el bocata de tortilla de patatas. Esto no debería regir mi vida, no lo ha hecho, pero ahora puede orientarla. A mejor.

Spain is not so different. Lo que la hace diferente es lo que nos liga a ella. Y nuestra forma de vida allí, a veces, imposibilita que seamos felices en otro sitio. Nos empecinamos en compararlo todo. Y como dice Celsius, “no quiero ser una amargada que se pase el día quejándose de que aquí todo es una mierda porque no es como en España”. Lo mejor será comprobar si puedo volver, ahora que me queda tiempo para arrepentirme, o disfrutar de donde esté para bien y para mal.
Decission, made. Case, closed. Ahora veremos como lo llevo a cabo o si cambio de opinión por el camino. Pero sin fechas, eso no va conmigo.